21 de febrero de 2017

Sincretismo Religioso En América Latina Y Su Impacto En Colombia

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El cristianismo evangélico latinoamericano tiene diferentes trasfondos religiosos, por lo que muchos elementos pertenecientes a otras culturas y religiones han permeado a su cuerpo de creencias y prácticas rituales.  Además, ese cristianismo latinoamericano se ha secularizado de tal manera que ya no representa una contracultura evidente, y más bien tiende a presentar un evangelio acomodado, que busca ser atractivo para las multitudes.  Nuestra intención es la de hacer un somero análisis del desarrollo histórico de esa peligrosa asimilación religiosa y cultural que constituye el sincretismo y que amenaza la misión evangélica hoy en día.

Resultados: Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (DRAE), sincretismo es “la coalición de dos adversarios contra un tercero”, y lo define también como un “sistema filosófico que trata de  conciliar doctrinas diferentes”.  Ferrater Mora (1975), explica que la unión de los cretenses contra un enemigo común dio origen al término συνχρητισμός "sincretismo", expresión que designa, literalmente, a una "coalición de los cretenses".  El término fue adoptado en la época moderna para referirse a las doctrinas que resultan de fundir diversas opiniones sin que haya al parecer un criterio de "selección" definido.  Se reconocen varias formas a lo largo de la historia: el sincretismo judaico-alejandrino (Filón), el sincretismo platónico- órfico-caldaico (Siriano), el sincretismo gnóstico-helénico-cristiano, entre otros.  También existen varios tipos de sincretismo: el cultural , el político, el estético , el filosófico , y el religioso; para la presente investigación solo se ha considerado el sincretismo religioso.

Para analizar los elementos sincretistas en América Latina fue necesario estudiar la historia de América desde finales del siglo XV, puesto que esta fusión se inicia con la versión del cristianismo que trajeron los españoles, la cual se mezcló luego con los ritos y creencias indígenas y, posteriormente, con los traídos de África por los esclavos.  A esto, obviamente, habría que añadir las varias versiones de evangelicalismo traídas posteriormente por los misioneros protestantes, algunas de ellas con fuertes cargas culturales y sus propios sincretismos.
En octubre de 1492, Cristóbal Colón y su equipo de acompañantes llegaron a costas americanas, donde conquistaron, colonizaron y evangelizaron a los nativos, supuestamente uno de sus objetivos principales.[1]  Los españoles ya habían sido testigos y sujetos del sincretismo religioso por las religiones que los moros y otros pueblos habían traído a la península ibérica y ahora, al llegar a costas americanas, se inicia un proceso que algunos llaman “la reinvención de América”,[2] pues como resultado de esto se produjo una mezcla de culturas y creencias que aun en el siglo veintiuno sobreviven.

Los religiosos que vinieron en la época de la conquista se dieron a la tarea evangelizadora, con variado éxito. Según Padilla (1992: 45), el proceso de evangelización no fue más que una “transferencia externa de un sistema religioso a otro, sin que jamás se llegara a una verdadera conquista espiritual de los indígenas”.  La jerarquización de santos que tenía la iglesia católica fue fácilmente asimilada por los indígenas, debido a que ellos también tenían una legión de dioses a los cuales rendían culto.  Para los nativos, lo que ocurrió fue una simple transferencia de nombres; ahora sus dioses debían llamarse de otra manera, y debían mezclar sus creencias y rituales con las nuevas enseñanzas que traían los misioneros españoles.  En la mayoría de los casos, no hubo un cambio sustancial sino meramente formal. Es también necesario afirmar que este sincretismo religioso no comenzó realmente con la llegada de los españoles, sino que simplemente se generalizó y homogenizó; la tendencia es algo  inherente al ser humano desde tiempos antiguos.  De acuerdo a una investigación hecha por Velasco (2006: 21), hay por lo menos cinco tipos de religiones, las cuales, al mezclarse, producen fenómenos sincréticos:  Paganipuri, que veneran las realidades naturales como los bosques, las aguas y otras muchas cosas; idolatrae, que veneran las cosas hechas por mano de hombre y entre los que clasifica a los budistas y politeístas; tartari, es decir, los mongoles, que unen el monoteísmo a la práctica de la magia y toda clase de sortilegios; sarraceni o musulmanes, y judei.  Todos estos tendrían, según Roger Bacon, una serie de ideas comunes que sólo se explicarían aceptándolas como innatas en el hombre.

[1]    Prieto Molano (1994) presenta una excelente descripción de cómo fue la conquista.  Además, presenta con claridad el sincretismo cultural y religioso que hubo durante la conquista.
[2]    Fernández (1994) presenta un amplio análisis de lo que fue la conquista y la colonización.

Sincretismo religioso en el Antiguo Testamento:

La historia del cristianismo encuentra sus raíces en el judaísmo y su tendencia al sincretismo también puede trazar el mismo ancestro; por eso es importante darle una mirada a este tema en tiempos del AT.  Los israelitas desde el comienzo lucharon con este grave problema. Jacob conocía que Dios era uno, y que era el Dios de sus padres Abraham e Isaac, y que era Dios suyo también (p.ej. Gn 32:9); sin embargo, Raquel, su esposa, el día que salieron de la casa de su padre, llevó consigo los dioses que él tenía, y los escondió, pensando que le traerían prosperidad. ¿Sabía Jacob que su esposa rendía culto a los diosecillos de su padre? Es muy probable que sí. Gran parte del Pentateuco presenta la salida de Israel de Egipto, su peregrinaje por el desierto, y los inicios de su posterior llegada a Canaán.  Dios los había sacado de la esclavitud de Egipto, todo el pueblo había visto las maravillas, sabían que podían confiar en el Dios de sus  padres, pero su confianza se basaba en lo que veían, no en lo que oían de Yahveh.  Cuando Moisés subió a la montaña a recibir la ley, el pueblo buscó a  Aarón y le pidió que les hiciera dioses a quienes seguir (Éx 32:1).  Keil y Delitzsch (2008) afirman que la demora de Moisés fue una prueba para Israel, en la cual debían demostrar qué tanto confiaban en Yahveh, pero ellos habían quedado con la tendencia egipcia al politeísmo.  Esto era peligroso, pues iban a llegar a una tierra extraña, con una cultura y una creencia diferente a la de ellos.  El mensaje era claro: “Escucha, Israel: Yahveh, nuestro Dios, Yahveh uno es” (Dt 6:4); “…si olvidas a Yahveh, tu Dios, y marchas tras dioses ajenos y les das culto y te prosternas ante ellos, os declaro formalmente hoy que pereceréis por completo.” (Dt 8:19).[3]  A diferencia de otros pueblos que también pasaron de la vida nómada a la sedentaria, Israel tuvo que cuidar con mucho respeto sus tradiciones primitivas, incluso después de haberse asentado en la tierra de Canaán. Según Von Rad, (1993) estas tradiciones de la época nómada, con el correr del tiempo, se mezclaron indisolublemente con las ideas de la religión agrícola cananea, siendo recicladas una y otra vez por las generaciones subsiguientes.  Desde una perspectiva antropológica, era inevitable que las tribus israelitas, una vez instaladas en el nuevo país, entraran en contacto con algunos de los santuarios cananeos más famosos, los cuales eran centros de peregrinación donde acudían grandes multitudes en sus festividades principales.  Estas festividades, junto a las celebraciones culturales que las acompañaban, ofrecían a los asistentes la oportunidad de organizar mercados anuales donde se daba la compra y venta de insumos, se solicitaba la mano de la futura esposa, se celebraban las promesas de matrimonio y se resolvían los pleitos y litigios. La fiesta se convertía en feria, lo cual se constituyó en un atractivo para el pueblo de Israel, del cual no podían sustraerse, de manera que lo más natural fue que el pueblo de Dios continuara practicando su culto tradicional en estos mismos santuarios, al tiempo que asimilaba cada vez más las concepciones reinantes en los lugares sagrados. (Von Rad 1993: 39-62) Según Julio Trebolle Barrera (1998), la religión de Israel no admitió nunca en su seno divinidades cananeas.  La fe Yahvista era esencialmente monolátrica y podía aceptar, a lo sumo, que los demás pueblos tuvieran otros dioses, a sabiendas de que esto representaba una amenaza para la integridad del Yahvismo.[4]  Desde esta perspectiva entonces, es posible hacer una distinción entre la religión oficial de Israel --teóricamente por lo menos-- pura e incontaminada y una religión popular y sincretista, mezclada con los elementos del politeísmo de los vecinos.  Las  citas de Éx 34,11-16 y de Jue 3,17, ponen de manifiesto la singularidad  étnica de los israelitas, su origen no cananeo, su culto carente de objetos de imágenes, y su monoteísmo.  A pesar de esto, la fusión de la religión Yahvista con elementos del culto cananeo se realizó con cierta naturalidad, como resultado de la interacción de los grupos hebreos con los santuarios cananeos.  Von Rad (1993) afirma que, para evitar ese sincretismo, el culto Yahvista necesitaba primero tomar conciencia de su originalidad con relación a los otros cultos, y ello habría requerido de mucho tiempo.  El proceso de asimilación en la religión israelita de elementos propios de la religión cananea fue diferente en cada región, siendo en el norte más rápida que en el sur; a su vez, en la tribu de Efraín fue más lento que en la de Manasés, por vivir ésta última en asociación más estrecha con las ciudades cananeas y sus santuarios.

[3]    Textos tomados de la Biblia Cantera Iglesias.
[4]    No obstante, el desarrollo del  monoteísmo no es explicable sin una larga historia de siglos, antes y durante el periodo monárquico, en contacto y en confrontación con los pueblos vecinos(Eichrodt,1975).

Sincretismo religioso en el Nuevo Testamento:

En la cultura y época del Nuevo Testamento, el escenario también fue propicio para que se diera el sincretismo religioso.  Para este trabajo, se analizaron tres fuertes grupos de la época que influyeron en el sincretismo religioso: el helenismo, el judaísmo y la cultura y religión romanas. La influencia del Imperio Romano fue pieza clave en el desarrollo del sincretismo de la época; una de sus maneras de absorber a los pueblos que caían bajo su influencia era añadiendo constantemente al Panteón romano, dioses traídos de diversas regiones. Como un antecedente histórico, es necesario mencionar que algo que causó mucho impacto en la religión judía fue la llegada de la Septuaginta (las Escrituras hebreas traducidas al idioma griego).  Esto permitió que los eruditos judíos tuvieran acceso a la filosofía griega en Alejandría; uno de los más destacados de esos eruditos fue Filón[5]  quien, según Packer, Tenney& White (1985),  “equiparó las enseñanzas de las Escrituras hebreas con las ideologías y éticas de la filosofía griega, y en particular con el platonismo”[6].  Más adelante, en el libro de los Hechos, hay evidencias en la nueva iglesia cristiana de la división entre judíos y griegos, y que estos últimos, a los que se refiere el pasaje, no eran más que judíos que habían aceptado ideas y pensamientos griegos, es decir, judíos helenistas.

En la época en que Jesús desarrolló su ministerio terrenal, hubo dos sectas judías que tenían gran trascendencia en el pensamiento del pueblo: los fariseos y los saduceos.  Según Packer, Tenney& White (1985), “los saduceos rechazaban la tradición oral de los rabinos y solo aceptaban la ley de Moisés, y condenaban cualquier enseñanza de los fariseos y los tenían como traidores a la tradición judía”.  Los saduceos adoptaron las creencias del filósofo Epicuro, el cual decía que el alma muere con el cuerpo,  insistiendo en que cada persona es dueña de su destino (Josefo, Antigüedades, capítulo II).  Ellos influyeron mucho en el cargo de sumo sacerdote y por consiguiente en el mismo Sanedrín. Los fariseos también tenían mucho poder e influencia en el siglo I. En el registro bíblico de Hechos 23:1-11, se ve una demostración del sincretismo de la época, donde bajo el mismo judaísmo cada secta tenía ideas y propuestas distintas; a eso se suman los rastros de la influencia asiria sobre los fariseos, los cuales eran señalados y criticados por los saduceos.  Otro elemento importante que se encuentra en esa épocaes la influencia de los epicúreos y estoicos.  Se pudo observar que el himno a Zeus mencionado por el apóstol Pablo en Hechos 17 ha sido motivo de opiniones divididas.  Para Hirschberger (1968), “El himno a Zeus compuesto por Arato de Sole fue el mencionado por el apóstol Pablo en el libro de Hechos 17.28, en donde dice: porque así han dicho también algunos de vuestros poetas, que somos su linaje”.  Por otro lado, para Clarke (1976) “es posible que también Pablo se refiriera al himno a Júpiter hecho por Cleanto, ya que aparece la misma frase”. Es bueno mencionar que Arato era de la misma región del apóstol Pablo, lo que hace posible creer que el apóstol conocería muy bien sus escritos.  No obstante, para Farner, Levorratti, Mac Evenue, y Dungan (2005) “los puntos de vista de Pablo fueron muy diferentes a los de los estoicos, sin embargo enfatizó los puntos de contacto aunque son solo verbales”.  Los mismos autores llegaron a la conclusión de que “Pablo no podía citar autoritativamente las Escrituras para apoyar sus argumentos, como lo haría ante judíos, por lo que hizo uso parecido de una cita del poeta griego Arato.  El discurso puso de manifiesto una sorprendente apertura al auditorio de Pablo y una disposición a aceptar lo mejor de su cultura y su filosofía como una preparación al evangelio”.

[5]    Pensador y erudito judío 20 a.C. al 50 d.C. “Creyó que las Escrituras poseían la verdad más alta para toda la humanidad, pero también creyó que la filosofía griega presentaba facetas que complementaban la verdad. PackerTenney, White”.
[6]    Esto lo podemos encontrar en el libro “El mundo del nuevo testamento” Packer, Tenney& White (1985: 56)

Efectos de la conquista española en el cristianismo latinoamericano::Los españoles, al mando de Cristóbal Colón, llegaron a tierras americanas trayendo, conjuntamente con sus espadas, el mensaje evangelizador[7]. Según Fernández (1994: 37), quienes llegaron a América fueron hombres religiosos, pero su motivación primera no fue siempre la espiritual, sino la material.  No obstante, ellos se preocuparon por convertir a los nativos a la religión cristiana, pues esto formaba parte importante de su misión como colonizadores. Dice Fernández además que, convencido de que era un enviado de Dios, Colón se autoproclamó ‘el mensajero del nuevo cielo y de la nueva tierra’. Así, ante el fracaso de no encontrar el oro  prometido, convirtió, de alguna manera, la conquista en una empresa misionera. (ibid: 67) El catolicismo español del siglo XVI se caracterizaba por tener  una jerarquía numerosa de santos a los que cada uno de los fieles debía rendir adoración.  De igual modo, la sociedad indígena prehispánica poseía un gran número de dioses, por lo que no fue problema recibir la nueva religión, lo que facilitó en gran manera el trabajo evangelizador de los misioneros españoles.  Padilla (1992: 46), al referirse al tema, afirma que esto no fue más que un “cambio abrupto y superficial de una forma de vida pagana a una cristiana, sin llegarse jamás al corazón mismo de los conversos”.

Otro elemento importante en la “cristianización” de América es el de la religiosidad popular.  Muchos de los españoles que llegaron como misioneros al Nuevo Mundo, incluyendo a religiosos, carecían de un alto nivel de preparación teológica, por lo que no tuvieron suficientes argumentos para resistir la mezcla cultural y religiosa.  En su afán de ganarse la confianza de los indios, y de “tener fácil acceso a sus almas, los misioneros católicos muchas veces participaban en ceremonias junto al viejo hechicero de la tribu”.  Por tal motivo, para los nativos llegó a ser común rogar indistintamente al Dios cristiano y al dios indígena (Padilla, 1992: 48). Uno de los elementos más comunes en las creencias indígenas era la existencia de personas que tenían poderes curativos.  Padilla dice que era propio de los indígenas tener un curandero, un hombre con un don especial de dios que tenía poderes sobrenaturales para sanar cualquier enfermedad; ese fenómeno sobreviviría de forma sincrética en la cultura latinoamericana en tiempos posteriores como resultado de la mezcla de la superstición pagana con la idea del milagro cristiano. Un ejemplo de ello es la figura de “San Gregorio Hernández, médico y mártir[8]”. Padilla (1992: 49)