30 de agosto de 2014

La Fe Mueve Millones: Iglesias Subsidiadas En Colombia

Todos Los Derechos A Elías Sevilla Casas Y razonpublica - Derechos De Las Fotos: Jc Muñoz 



Algunas de las iglesias registradas en Colombia ganan por punta y punta, pues cobran diezmos a sus feligreses y reciben exenciones de impuestos que sí deben pagar las universidades públicas. ¿Cómo una historia que se remonta a siglos atrás nos trajo hasta este punto?

Diezmos, primicias y manos muertas

Con toda seguridad las palabras “diezmos” y “primicias” dicen poco a los colombianos menores de 25 años. Pero a medida que sube la edad del lector el recuerdo emerge, y se hace fuerte y nítido entre quienes tienen entre 50 y más años. Estos dirán: “Pues es el Quinto Mandamiento de la Iglesia, que nos hacían aprender de memoria y repetir en la escuela, con el Catecismo del Padre Astete: pagar diezmos y primicias a la Santa Madre Iglesia”.


Tal vez ni jóvenes ni viejos hallarán conexión entre el diezmo y un curioso ente llamado “manos muertas”. Sin embargo, este vínculo existió en Colombia hasta fines del siglo XIX, y en el siglo XXI ha adquirido nueva forma porque, al parecer, las manos de “muertas” pasaron a ser muy vivas y nada religiosas.

Este lazo entre diezmos y manos muertas (ahora vivísimas) se me vino a la mente al leer una columna en que Juan Pablo Calvás protesta porque le cobran impuesto predial a la Universidad Nacional de Colombia y no a la pastora Piraquive, dueña de una iglesia, ahora investigada por ser presunta empresa financiera ilegal, y que está exenta de impuestos.

Supongo que Calvás alimentó su indignación con un informe de la Revista Dinero que muestra cómo el presupuesto de la Nación para educación pública es de alrededor de 1,2 billones, mientras que los ingresos de las 3.600 iglesias registradas en el Ministerio del Interior suman alrededor de 10 billones.

Cuando los conservadores retomaron el poder en 1886 restituyeron a la Iglesia la posición exclusiva de copartícipe en las cosas del Estado.  Es posible que la molestia de Calvás, y de otros muchos colombianos, no sea porque las iglesias estén exentas de pagar impuestos. Lo indignante es que, según ha sido denunciado, algunas de ellas juegan sucio por doble canal:

1) Reciben doble tributación, pues los otros colombianos pagamos su deuda, por el descuento que les hace la exención; y sus creyentes, adoctrinados, pagan un impuesto adicional del 10 por ciento, que se llama diezmo; y,

2) Utilizan su fachada religiosa para hacer negocios políticos, financieros, personales y familiares, y no los negocios de Dios.



Antiquísimo impuesto

Pagar el diezmo (la décima parte) es tal vez el impuesto más antiguo de la humanidad, pues sus raíces se remontan hasta el Neolítico, hace unos 10.000 años. Lo pagaban en especie los productores de bienes agrícolas o pecuarios, así fueran para el propio consumo. Las primicias eran una forma de diezmo que afectaba las primeras cosechas recogidas.

Uno de esos pueblos antiguos fueron los judíos del Viejo Testamento. Entre los varios impuestos que pagaban estaba el diezmo, que distribuían entre los levitas (miembros de la tribu de Levi que servían en el templo), el sostenimiento del templo, y las obras de caridad. Hoy, en las comunidades judías ortodoxas este diezmo se suma a otras formas de caridad y solidaridad.

Otros pueblos igualmente antiguos que practican el diezmo son los musulmanes. Aún hoy persiste en varios países (ej. Malasia) una forma de diezmo llamado zakak, considerado uno de los pilares fuertes del islamismo, como lo son el viaje a la Meca y la observación del Ramadán, aunque suscita entre los campesinos sordas formas de resistencia.

El cristianismo heredó la práctica del diezmo, que con la colonización española llegó a la Nueva Granada, porque era parte del arreglo entre la monarquía española y la Santa Sede. El Patronato convirtió al Rey en el “patrón” de la jerarquía eclesiástica y al diezmo en una manera de utilizar la religión para justificar impuestos a los productores agropecuarios (y luego a otros estamentos).

Todo lo ganado por la Iglesia Católica en Colombia se aplicó a las nuevas iglesias una vez cumplieran con los requisitos legales de registro ante el Ministerio del Interior e hicieran las gestiones pertinentes para eventuales convenios.

En nuestro medio colonial el diezmo, cobrado por funcionarios del Estado, se repartía en partes, cuyas proporciones variaron a lo largo de los siglos, entre los clérigos y el Estado virreinal. Parte de lo que entraba a la Iglesia se destinaba a la atención en salud y educación que en esa época estaba a cargo de la Iglesia, lo mismo que a hacer obras de caridad. El resto era para sostener la evangelización, el culto, y a los funcionarios eclesiásticos.

El diezmo era entonces una de las varias formas en que el Estado cobraba los impuestos a los ciudadanos, en estrecho arreglo con la Iglesia. Se hizo muy común la práctica de arrendar o vender a particulares ese cobro. De este modo se creó una burocracia adicional y se propició una de las más sórdidas prácticas de corrupción y explotación de la gente del común.

De las manos muertas al Concordato

Con el tiempo, parte de los bienes así obtenidos por la Iglesia se convirtieron en finca raíz (tierras e inmuebles) que, siguiendo muy antiguas disposiciones reales, eran separados del proceso económico general, y en particular del comercio. Como esos bienes quedaban prácticamente quietos, pues no había manos que las trabajaran o vendieran, se llamaron      “de manos muertas”.

A mediados del siglo XIX los liberales anticlericales acabaron prácticamente con el diezmo en la forma protegida y administrada por el Estado. Bajo el liderazgo del General Tomás Cipriano de Mosquera, confiscaron los bienes de “manos muertas” y prometieron una compensación a los eclesiásticos.

Cuando los conservadores retomaron el poder en 1886 restituyeron a la Iglesia la posición exclusiva de copartícipe en las cosas del Estado. No devolvieron los bienes de “manos muertas” sino que hicieron una compensación, plasmada en un acuerdo entre el Estado y la Iglesia llamado Concordato, cuya versión, algo más moderada en cuanto a injerencia clerical, todavía tiene vigencia, y asegura la exención de impuestos a la Iglesia.

Las iglesias de hoy

En el presente el diezmo ha perdido importancia para los católicos, que hoy acuden más al mecanismo de la magra limosna dominical dada en la misa como aporte al sostenimiento del culto y de los clérigos.

Con la Constitución de 1991 las otras iglesias, en especial las protestantes, lograron que la libertad de cultos fundamentara legalmente una presencia que poco a poco se había fortalecido desde la República Liberal de 1930.

Por eso, todo lo ganado por la Iglesia Católica en Colombia se aplicó a las nuevas iglesias una vez cumplieran con los requisitos legales de registro ante el Ministerio del Interior e hicieran las gestiones pertinentes para eventuales convenios.

Lo indignante del caso es que, aprovechando la nueva circunstancia, algunas de estas iglesias decidieron participar directamente en la política electoral y, a través de este medio, tener injerencia en el Estado. Además, se ha comprobado que estos votos, asegurados por la indicación de los predicadores, son muy apetecidos por los políticos profesionales.

El otro punto interesante, porque que nos lleva a la cuestión del “diezmo y manos muertas”, es que, apelando a lecturas bíblicas, algunas de estas iglesias exigen el diezmo literal con el argumento de que con ello los aportantes aseguran su bienestar, en este mundo y en el otro.

Como calvinistas, trabajan la idea de que hay que amasar riqueza como señal de bendición de Dios, pero hay que poner una cuota inicial. Y como cristianos salvacionistas, elaboran la idea de que en el otro mundo habrá una vida mejor para quien se comporte bien en el presente. También, como se han modernizado, algunas de estas iglesias recogen el diezmo en forma empresarial.

El que el pago sea “voluntario” puede ser un decir, porque aquí se aplicaría la idea de la “persuasión coercitiva”, “lavado de cerebro”, o psicología del totalismo. Lo cierto es que el diezmo así redivivo funciona, y lo demuestran las escandalosas propiedades materiales que algunas de estas iglesias tienen dentro y fuera de Colombia.


Mejor vigiladas

Justo es decir que no todas las iglesias, ni menos las parroquias y misiones católicas, hacen el doble juego de exención/diezmo. Además, buena parte de ellas utilizan ejemplarmente sus recursos en el culto y en mejorar el bienestar de propios y ajenos o en defensa de los más necesitados. Igualmente, algunas de estas iglesias pasan penurias para cumplir con lo fundamental de su misión religiosa o caritativa.

Ejemplo de lo anterior lo tenemos en las condiciones reales en que viven hoy ciertas parroquias y diócesis católicas, si nos atenemos a un informe del diario Portafolio. El caso católico puede ser objeto de observación rigurosa, y de ajustes, si se aplican las nuevas exigencias que respecto de la riqueza y ostentación está haciendo el papa Francisco.

El que el pago sea “voluntario” puede ser un decir, porque aquí se aplicaría la idea de la “persuasión coercitiva”, “lavado de cerebro”, o psicología del totalismo. 

Pero también el señor Calvás tiene razón de indignarse, por lo que dice la prensa de otras iglesias que, con tal nombre como fachada, y con el poder de la “persuasión coercitiva”, están jugando –presuntamente— a ser multinacionales de negocios registrados ilegalmente a nombre personal, de familiares o testaferros.

Las autoridades han iniciado indagaciones que esperamos impidan y castiguen el doble juego sucio. Quienes salen mejor libradas de esta urgente intervención estatal son las mismas iglesias (grandes, medianas, pequeñas y minúsculas) que hacen efectivamente lo que en su presentación pública dicen que les corresponde hacer, en nombre del Señor.

También se beneficia el resto de colombianos que esperan que sus impuestos vayan a donde deben ir, por ejemplo, a pagar la exención a que tiene derecho una universidad de todos, como es la Universidad Nacional.